Apuntes de viajes, Viajes y Despertares
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Gracias voz


Si puedes llevarte algún mensaje de lo que expongo a continuación te lo adelanto ahora:

tu voz vale

(no eres ruidosa),

tus sentimientos valen

(no eres hormonal),

tu existencia es valiosa

(no eres inútil).

En menos de tres días viví una montaña rusa de emociones que intentaré explicar lo mejor posible aquí. ¿Por qué? Porque no sé si te pesa, te afecta, te sientas reflejada/o o te importe. Sólo sé que, hoy por primera vez en mi vida, tengo algo muy importante que escribir.

Nací y fui criada en una familia pobre material y emocionalmente. Desde que tengo uso de razón, mis padres trabajaron muy duro para que no faltara comida y techo para vivir. Por años, permanecí encerrada en la casa los fines de semana porque había que aprovechar el tiempo de las vacas gordas y sólo los domingos en la tarde compartíamos en familia con mis tías. Mi tía Pola se convirtió en mi segunda madre, esa que siempre me abrazaba, escuchaba y daba los apapachos que por más berrinches que hice aún en mi adolescencia nunca recibí. Canalicé mi frustración en mi cuerpo, siendo mi máquina visible de destrucción con una dermatitis severa que me llevó a ser conejillo de Indias de decenas de doctores y a ser la adolescente más tímida e insegura de toda mi escuela. Apagué mi luz interior.

La carencia de afecto de mis pilares no fue algo fácil de entender. Realmente, me costó mucho perdonarla. Me costó mucho aceptar que mis padres eran así porque así fueron criados y que por más que yo intentara abrazarlos y pedir sus abrazos, no estaban acostumbrados. No estaban abiertos a recibir.

535759_10151074933929845_1319096937_n.jpgA lo largo de mi vida adulta me topé con muchas personas así. Frías, reprimidas,eruditos intelectuales desconectados de la emoción. En la universidad comencé a disfrutar la sensación de libertad de pensamiento y emoción sólo para que me tildaran de “rara” por no soportar ambientes ruidosos, por “llorar” al ver películas románticas, por “alegrarme” ante una buena noticia. Tuve (y todavía conservo) muy pocos buenos amigos. Reconozco que sólo con ellos fui auténtica todos estos años a la capacidad en que mi ser me permitía operar, es decir, hoy siento que no soy yo al 100 %. Estoy en desarrollo.

Me dolió descubrir que cultivé relaciones amistosas y amorosas con la misma característica de mi familia. Que estuve en la línea de fuego muchas veces por parecer “distante” y “distraída” al principio y “muy intensa” de repente.

Me dolió que jugaran con mis emociones. Corrección, permití que jugaran con mis emociones porque no me respeté a mí misma y para cuando aprendí a poner límites, las amigas y los exes regresaban prometiendo villas y castillas de repente para saber “cómo yo estaba”. “Cómo yo estuve”, me pregunto hoy.

Mi primera ruptura amorosa sentó un precedente en mi vida y el cierre final ocurrió cuatro años después. Mi segunda y esta última fueron las peores porque por más que di y me abrí, las personas desaparecieron.

No pude decir adiós.

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Para cuando empecé a investigar el feminismo en las relaciones internacionales y a tratar temas de género como periodista, una cita con un profesor fue la gota que colmó mi vaso. Fue el 8 de marzo de 2016 cuando me reunió con esta iluminaria académica a presentarle mi propuesta de tesis porque, en aquel entonces, Natalia quería estudiar el doctorado en Barcelona. El encuentro duró 10 minutos y estuvo marcado por frases como:

“Si eres una de esas feministas que tiene miedo de quedarse encerrada con los profesores, me dejas la puerta abierta”

“Si quieres estudiar el tema de mujeres, vete a sociología”

“Qué tema más aburrido. ¿Por qué las mujeres no participan de procesos de paz? Eso es sencillo, te lo contesto en una página. Porque las mujeres no importan”

“Si no me puedes convencer a mí, ni pienses que vas a convencer a alguien más en el board que te acepte”

“Te tengo que advertir que nosotros tomamos muy en serio el doctorado, que es un proceso de cuatro y cinco años, así que piénsalo bien por si quieres tener hijos. No podemos tener gente descarrilándose de los estudios”

Y la frase final la dijo cuando me levanté de mi asiento y me di la vuelta hacia la puerta “Se nota que eres puertorriqueña”.

Confundida estuve por la intención. En aquel entonces, no sabía si era sexismo o si me estaba probando como estudiante. Sin embargo, lo más que me molestó fue mi reacción, mi silencio y cara de aturdida.

¿Qué fue lo que pasó?

Que entendí que si yo con todas mis batallas, oportunidades de educación y lenguas había llegado allí y me trataron así, ¿quién escuchaba a las demás mujeres en igual, mejores o peores condiciones?

Me comprometí en entrevistarlas, en documentar sus voces, en luchar porque sus historias fueran publicadas en los medios de comunicación internacionales. Todo para que me discriminaran los editores, la mayoría hombres, por mi “afán de cubrir temas de género”. “¿Por qué siempre entrevistas a mujeres?”, “¿Por qué no añadiste una mujer víctima? Si no la añades, no corro tu historia”.

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Mi relación con los medios fue en declive hasta Guatemala. Esa cobertura fue mi quiebre. Fui a cubrir, con mi propio dinero – a tarjeta de crédito, el viaje para contar la tragedia en Hogar Seguro, donde 43 niñas fueron quemadas en lo que se denuncia fue un feminicidio institucional. Todo para que los editores, hombres y mujeres me dijeran que no la iban a comprar porque “es que se ve una historia muy local”, “es que Natalia, es muy cruenta esa historia”, “¿sólo 43? son muy pocas, si crece el número manténnos al tanto”.

¿Cuántas niñas más debían morir para que los medios internacionales le hicieran caso a esta injusticia? ¿Cuánto vale la vida de una niña?

Ahí fue mi quiebre con el periodismo. Sentí que era todo una farsa. Sumado a que mi capacidad como periodista, sin importar cuántos títulos y años de experiencia, siempre era cuestionada por ser puertorriqueña, por no ser blanca-rubia-de ojos azules. Por llamarme Natalia Bonilla y no Natalie Smith.  Un medio muy importante me copió una historia, no me la quiso pagar después de que me dijeron que la iban a publicar. Dos meses después, una periodista joven de plantilla que nunca había pisado Oaxaca, ni entrevistado a nadie de Juchitán, reprodució mi historia sin guardar ni el más mínimo respeto ni sensibilidad por las culturas indígenas. Eso me desalentó.

En mi deseo de sanar mi relación con el periodismo, lancé la convocatoria para Ser mujer en Latinoamérica. Quería documentar, aún fuera de manera independiente, los testimonios de violencia y paz de género en el país. Porque esta biopolítica que rige los gobiernos y los medios regula que hay unos cuerpos más valiosos que otras, que las vidas de unas mujeres valen más que las de otras.

En un año conocí mucho de paz, sané ciertas partes de mí misma, pero solo esta semana comprendí que me escudé debajo de ese proyecto.

¿Dónde estaba mi voz? ¿En qué momento me dije a mí misma: tú importas? Tu experiencia, tu voz, lo que has visto, vivido, sanado y sufrido, IMPORTA. 

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En menos de tres días viví una montaña rusa de emociones porque en múltiples encuentros hombres y mujeres se negaron a escucharme porque estaba “muy emocional”. Rechazaron mis ideas porque “te lo tomas muy en serio”, “no debiste molestarte”. Me tildaron de “inmadura” por “ser muy intensa” y fue en ese juego de palabras y mi reacción de callarme e irme, en lo que pareciera una violentada, que descubrí mi patrón.

Aprendí que ellos eran un avatar y que yo era otro también.

 

La tendencia de personas de echarte a un lado, de ignorarte porque “me tomaste desprevenida”, “porque estoy ocupada”, “porque se ve que quieres hablar algo muy profundo y no tengo tiempo ahora” es la forma en que tratamos a nuestras emociones.

 

Así solemos tratarlas. Así las dejamos ir. Fui un avatar de tus emociones.

 

Así te traté cuando me callaste. Así me fui. Tú fuiste un avatar de mi raciocinio (lo que me inculcaron debía serlo).

 

Hay otras dinámicas de género que podrían entrar a discusión pero hoy fui a una audición de canto. A cumplir un sueño que tenía de infancia.

Y la joven maestra me escuchó cantar sólo para preguntarme: “¿cuánto te has cohibido?” y más fuerte fue escuchar “¿Por qué te disculpas por sentir?”.

Estoy tan acostumbrada a entrevistar, a escuchar, a intervenir sólo para aclarar o cuando es necesario para evitar el desvío. Estoy tan acostumbrada como periodista a pensar y como humana a sentir, que el balance para ambas partes es necesario.

Yo no quiero que mi vida pase de largo entre disgustos y pesares con espejos que repiten patrones que no he sanado. Personas que se prohíben sentir y no dicen lo que sienten porque en parte, yo he sentido mucho pero no me he atrevido a decir.

Las pocas veces que sentí, pensé y dije las personas que más amé me abandonaron, me hirieron, me maltrataron.

Esta es la niña Natalia hablando.

Esta es la joven Natalia hablando.

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De adulta, una guía espiritual me explicó que lo que consideraba era mi mayor problema era realmente mi mayor don: la empatía. Rechacé esa parte de mí porque no sólo sentía lo que otras personas sentían sino, literalmente, mi cuerpo absorbía voluntaria e involuntariamente las energías de ellas. Por tiempos le huía a los sitios llenos de gente, a los abrazos y saludos de extraños por las “vibras”. Por tiempos dejé de contestar llamadas, de usar el teléfono porque podía sentir las intenciones y los dolores de las personas sólo por la vibración de su voz.

Me costó entender que lo que para otros parecía una distancia mía ante el drama era mi Ser superior protegiéndome porque las veces que no hice caso, me quemé y visité infiernos que personas (vampiros energéticos, terroristas emocionales) que ni dieron las gracias por el esfuerzo de ayudarles.

No sabía cómo balancear lo que sentía ni que uno ayuda cuando la persona acepta recibir. No supe cómo dejar ir emociones fuertes cuando mi cabeza decía “ayuda al mundo” y mi corazón decía “ayúdate a ti”.

Ayudarme a mí…ayúdate a ti. 

Sólo sanándome yo, se sana mi alrededor. Sólo sanándote tú, sanas a tu alrededor. 

30739050_10155970752264845_8307604732113846272_o.jpgCulmino esta pieza diciendo “gracias por el camino pero hoy elijo otro mejor”. No tengo idea cómo se ve sólo sé que empieza por decirme “hola” todos los días frente al espejo y “descansa” justo antes de dormir.

Sólo sé que ya empezó con este escrito porque mi voz vale, mis sentimientos valen, mi tiempo vale, mi existencia vale y la tuya, también.

A las personas que herí, perdí o marcharon a otros rumbos (tal vez porque crecí, crecimos separados o juntos nos hacíamos más daño que bien), quiero que sepan que hoy entendí la importancia del Ho’ oponopono y les guardo un lugar, (no escondido, agridulce ni atrofiado), en mi pasado.

Si algún día cruzas este escrito, independiente de en qué términos, mi mensaje para ti es: honro tu paso por mi vida con esta catarsis y te deseo un nuevo despertar porque…todos lo merecemos. 

Lo siento.

 

Perdóname.

 

Te amo. 

 

Gracias.

 

-Natalia

 

4 Comments

  1. Para nosotros hombres que hemos tratado tanto de suprimir y reprimir nuestros sentimientos… es desconcertante muchas veces escuchar tanta claridad y fuerza en una voz femenina mostrandonos que hay otra forma.
    Francamente, da miedo. 😉
    Igual y por eso enfrentas tantas reacciones negativas.
    Lo del profesor del doctorado. Wow… el profesor del infierno. RIP Pedagogía. Espero que sea un investigador espectacular, por que como profesor no da una.
    Suerte.

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