Análisis, Paz y Género
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La conversación sobre el sistema patriarcal


Este escrito de Natalia Bonilla fue publicado en la última edición del boletín de Cosmopolita.

Adueñarse del cuerpo es igual o más difícil que habitar un espacio. ¿Por qué? Porque el sexo (y se complica si le añadimos género y sexualidad) ha sido politizado por la sociedad desde el momento en que descubren “qué somos” en el ultrasonido.

Llegamos a un cuerpo que es visto como objeto, sujeto a políticas ya establecidas y normas de comportamiento. Luego nos enseñan a entrar en un molde y poco a cuestionar si este es bueno.

Cuestionar el sistema, el patriarcado, el capitalismo, el socialismo, las estructuras de poder o lo que quieran llamarle en este “Matrix” en el que vivimos es peligroso. Es peligroso porque podemos perder de vista quiénes somos y hay quienes dirían que esta práctica conduciría a la anarquía. Y mejor… no.

Mejor el control.  

Mientras preparaba algunos vídeos para el blog en antesala a este 8 de marzo (y la emblemática Huelga Feminista), recordé las negativas de varios editores internacionales a aceptar una historia que hice sobre la violencia estructural en Colombia. Uno me dijo que era un escrito muy académico e intelectual, que eso no serviría para las masas. Otro me dijo que si no añadía una cita de “una mujer víctima del conflicto llorando” no lo publicaría. Otra editora me dijo que la historia era buena pero que no veía cómo las políticas o el comportamiento del Estado colombiano fomentaban la violencia de género.

La frustración inicial duró muy poco cuando entendí que el tema no era el problema sino la invisibilización de que la estructura es el problema. A ver, vamos a tomar esto con pinzas. Seguro me dirán “claro Natalia, sabemos que el patriarcado jode a las mujeres y beneficia a los hombres”, “sabemos que la criminalización del aborto es una intromisión en los derechos sexuales o reproductivos de las mujeres”, “sabemos que los hombres ejercen la violencia y las mujeres son las oprimidas”, blah, blah.

Me cuesta creer que vivamos a expensas del presente y evitemos conversar sobre el origen de este sistema. Porque si miramos detenidamente encontraremos que hombres y mujeres, ambos, se beneficiaron y se benefician de esta estructura.

Lo/as invito a preguntarse: ¿Quiénes lo crearon? ¿Con qué intención? ¿Cuándo se salió de las manos de unos cuántos y se convirtió en lo que es hoy? Este ha sido el entramado más magistral que ha condicionado a la raza humana en nuestra existencia en la Tierra. Pero, ¿qué hubo antes? ¿Por qué no hay mucha información *ejem* de libre acceso sobre el matriarcado?

¿En qué momento convertimos en utopía una sana co-existencia humana?

¿Cuál es el estatus de nuestras relaciones? Con nosotros mismos, con nuestras parejas, amigos, vecinos y demás. ¿Hay equilibrio?

La producción del mapa documental Ser mujer en Latinoamérica me ha puesto contra la espada y la pared en términos de no escapar de mi esencia, de las energías masculinas y femeninas que tengo, y reevaluar mi relación con los hombres a mi alrededor. Cuando escucho a feministas quejarse de los hombres por oprimirnos, por no escucharnos, por maltratarnos y matarnos…últimamente ya no pienso en darles la razón.

Pienso en cómo sanar al niño y a la niña. 

Así como lo leen. Todos somos productos de nuestras enseñanzas, buenas y malas, desde nuestra infancia a la adultez. Ese hombre que hoy nos amenaza y amedrenta fue una vez un niño criado para ejercer su vida social de una manera violenta tanto por miedo como por costumbre. Esa mujer que sufre, llora y es condenada por sus acciones fue una vez una niña criada con la humillación de haber nacido en ese cuerpo.

En lo micro, lo llamamos ignorancia de crianza. Machismo inconsciente. 

En lo macro, lo llamamos biopolítica. Patriarcado y capitalismo consciente.

No tenemos que hablar de la política de hijos de China, las castas en India, el matrimonio infantil en países de África, Medio Oriente y Latinoamérica. No, no hablemos de eso. No hablemos de cómo, para efectos del sistema, somos cuerpos objetivizados tanto hombres como mujeres privados de vivir una vida plena sin ataduras mentales y emocionales. 

Porque la esclavitud no se vive sólo en lo físico, esta trasciende.

Cuando comencé a realizar estudios sobre el tantra, la sexualidad y la deconstrucción de feminidades/masculinidades me asusté del poder del conocimiento de algo tan “primitivo” y sin embargo, tan importante. ¿Cómo vivían las sociedades indígenas oriundas de este continente? ¿Qué, de esa sabiduría ancestral, habita en nosotro/as? Si en algo… ¿cuánto de ella rechazamos?

Hace poco leía sobre el mundo y la energía masculina. Actualmente hay un exceso de ella, por eso en los últimos siglos hemos visto exceso de guerras y falta de energía femenina. Energía femenina categorizada como débil e inútil, ignorando que también es parte de nuestro ser. Que hombres y mujeres contamos con energías masculinas y femeninas y que el desequilibrio de alguna no nos hace más heterosexuales u homosexuales. El ser no tiene que ver con la orientación sexual.

Me pregunté cómo sería un mundo con exceso de energía femenina con o sin matriarcado. Sólo imaginé para entender que, como me dijo una vez una maestra de los elementos, la solución de un extremo no es irse al otro: es encontrar el balance.

Han sido muchas las veces que mis amigo/as me han preguntado: “¿Quién eres tú para cambiar el mundo?”  Y viene a mi mente la contra pregunta que hizo Emma Watson en su discurso en la ONU, “Si no es ahora ¿cuándo? Sino yo, ¿quién?”

¿Por qué nos cuesta adoptar acciones concretas por el bienestar de nuestros círculos más cercanos y por extensión, el mundo?

Veo que ese es el trabajo “sucio” que uno/a no quiere hacer: cuestionarse qué programaciones tiene,  qué nos enseñaron desde pequeño/as, qué porquerías ha consumido, qué mentiras se dice, qué acciones positivas o negativas uno/a hace o repite.

Despertar conlleva responsabilidad y, en estos tiempos de “lo quiero todo ahora” y “yo no sé mañana qué ocurra”, pocos quieren comprometerse. Pocos quieren ser ciudadano/as en pleno derecho, pocos “ciudadano/as del mundo”. Cuando la violencia aprieta, buscamos que otro/a (madre, padre, pareja, Estado, etc) nos proteja y nos ensanchamos con ese otro/a cuando eso no ocurre.

¿Qué de la estructura actual es legitimado por nuestra sujeción política?

Pareciera que somos peones peleando batallas que son (y no son) nuestras en un tablero de ajedrez sin comprender aún la estrategia de quién creó las reglas, para qué existen y por qué.

Si les parece, tengamos la conversación sobre el sistema.

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