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Hablemos de lo dulce y lo amargo de la paz


¿Alguna vez han probado la uchuva? Es una fruta amarilla, muy linda y muy amarga. La probé por primera vez, por recomendación, hace unas semanas. De más está decir que me retorcí toda y no paraba de hacer muecas por el mal sabor que dejó en mi boca. Hay quienes la aman. Después de varias probadas, el cuerpo se acostumbra y es más llevadero su sabor. Empiezas a “cogerle el gusto”.

Llevé una canasta de uchuvas para acompañar dos más de arándanos y frambuesas al encuentro Ser mujer en Colombia en Bogotá. Este era el cuarto evento en vivo para la grabación del mapa documental Ser mujer en Latinoamérica, una producción independiente.

Mi plan era realizar una dinámica enfocada en el título de la actividad: soluciones a la violencia de género.

Hubo quienes me explicaron que quizás el tema, por el país, iba a crear confusión. ¿Cómo hablar de “paz” de género sin que entres en la “paz politizada” del conflicto armado? Corrí el riesgo, la acogida en las redes sociales fue muy buena. Alrededor de 30 personas confirmaron en Facebook, otras 10 por correo electrónico. Preparé materiales, llevé las frutas, compré paquetes de crayolas para el cierre.

Sólo una gran mujer fue. Una joven abogada de derecho internacional, súper preparada. Ante la ausencia de más personas, me comentó si debíamos continuar. Le dije que sí claro, que igual le compartiría los hallazgos del informe de Ser mujer en Colombia, parte del mapa documental Ser mujer en Latinoamérica.

El diálogo sobre el informe fue corto y un silencio muy incómodo entre las dos siguió a la pregunta: ¿cómo solucionamos la violencia de género?

PJHP1569.jpgContemplé las frutas al finalizar el encuentro un poco perpleja por la situación, por lo recurrente de la misma. Ostenté muchas hipótesis, los cafés que he elegido para los encuentros, los textos de las invitaciones, las dinámicas que propongo, el horario, la falta de celebrities, etc…

Ninguna conclusión me satisfizo. Terminé preguntándome cómo las mujeres somos capaces de llenar estadios, marchar y paralizar avenidas, gritar a los 15 vientos las injusticias que cometen contra nosotras, enseñar los senos, pintarnos los cuerpos y modelar eslogans en la ropa pero, para hablar de la paz, no ocurre igual.

No ocurre igual, me duele reconocerlo. Me afecta ver que hemos sido atrapadas en el mismo círculo que buscamos acabar. Al “luchar” o “combatir” contra la violencia de género, recurrimos a formas de violencia para que “nos hagan caso”, para que “el Estado nos escuche”, para que “el Estado nos reconozca” y para que “los hombres nos respeten”.

Quisiera que leyeran esa última línea con atención.

¿Qué ven? Yo veo dos aristas, ustedes seguro coincidirán o disentirán: se busca un reconocimiento, un derecho, un alivio, una justicia de afuera, de otros, de las instituciones, del mundo. Se busca que el Estado “nos proteja”, “nos defienda” como si esa fuera su función. Obviando que los Estados son estructuras por naturaleza masculinas y que su principal función es ejercer control sobre la población. Ese control no es justo. En sociedades que aspiran al progresismo intelectual (sin ignorar lo que nos hace humanos), sí, quizás un Estado volcado hacia la justicia social y la equidad sea posible.

También tengo mis reservas con la palabra “lucha”. Para las activistas más férreas, la violencia de género es una “lucha eterna” por nosotras mismas, nuestras vecinas, nuestras hijas y de más mujeres alrededor del mundo. Debemos honrar a nuestras ancestral, debemos hacerle justicia a las víctimas que asesinaron, debemos luchar y luchar y luchar hasta el fin de los tiempos y más allá.

Es en ese modo combativo que se busca “ganar algo”. Ganar algo y que otro sea el que pierda, en este caso los hombres. Ok… queremos que cedan su poder como si fuera facil decirlo por ser lo “justo”, sin comprender que el proceso debe ser complementario, no sólo empoderar a las mujeres y denunciar a los hombres, sino reeducarlos a ambos para un camino hacia la igualdad. Sin embargo, eso no es lo que hacemos.  Hemos elegido con frecuencia empoderarnos a nosotras y a otras mujeres,  nos preparamos y creamos rutas de acción para elevar nuestros llamados usualmente sin traerlos a ellos a la discusión. ¿Por qué? Porque los hombres “no pueden ser feministas”, porque dudamos que puedan ser “aliados” con buenas intenciones, porque ellos “tienen” que escucharnos.

¿En qué momento caímos en la trampa de creer que este tipo de lucha – de índole masculino, de rabia, violencia, dolor- nos iba a traer la paz que tanto anhelamos?

¿En qué momento nos hicieron creer que empoderándonos sólo a nosotras en las esferas públicas y no con un proceso paralelo a nivel interno haríamos catarsis?

Yo me he planteado estas preguntas por varios días. Me ha trastornado un poco la posibilidad de que quizás la lucha feminista actual no muestra un equilibrio y que tal vez, quizás… no busca la paz de género. Tal vez, quizás ese no es el motivo porque no imaginamos que esa pueda ser una meta alcanzable en la vida.

Si partimos que todas nuestras relaciones son espejos, ¿cómo definiríamos nuestra relación familiar y cómo la que tenemos con el Estado? ¿Cómo definiríamos la que tenemos con nuestras parejas y amigos? ¿Qué comportamientos, traumas, expresiones se repiten?

Esta producción documental me ha llevado a replantearme mucho de mí misma y particularmente, el feminismo como tal.

¿Podemos ser femeninas y ser feministas?

¿Podemos lograr cambios trascendentales por sociedades más equitativas (ojo que la perfección no existe) de una forma pacífica?

Si reformar el Estado es una tarea “imposible en esta vida”, ¿podemos empezar hoy en reformarnos nosotras mismas y nuestros círculos más cercanos?

¿Podemos elegir un grito de amor en vez de uno de guerra?

Es posible luchar contra la violencia de género desde un poder femenino y desde un equilibrio entre lo femenino y lo masculino. Es posible construir la paz de género mientras se deconstruyen los actos violentos.

Como les comenté al principio, me llevé las frutas intactas y no pude realizar las siguientes preguntas:

  • Toma una uchuva, saboréala. ¿Qué ha sido lo amargo en tu camino para vivir-construir la paz?
  • Toma un arándano, saboréalo. ¿Qué ha sido lo dulce?
  • Toma una frambuesa, saboréala. Con lo bueno y lo malo que has vivido, piensa en equilibrio. ¿Cómo imaginas un país libre de violencia de género, un país con paz de género?ahmed-saffu-218726.jpg

Es posible hablar de la paz de las mujeres sin que hacerlo parezca una locura o unaquimera. Sin embargo, ¿cuánto tiempo le destinamos? ¿Cuánto nos reunimos para dialogar soluciones para los niveles micro y macro? Sí, la violencia de género está donde quiera que vayan pero lo que de seguro podemos trabajar es lo que sentimos adentro, lo que vemos y elegimos hacer y pensar. Si vemos todo perdido y el mundo en contra, así será. Y cualquier marcha que se crea bajo esa premisa será un bombón dulce para las asistentes por unos días pero no esperen un cambio trascendental. Si vemos posibilidades y si construimos rutas de acción colectivas y que traspasen el interno hacia el exterior, los eventos que hagamos serán complementarios y avivarán el fuego que ya tenemos prendido dentro.

Algo que he aprendido en este trayecto de producción de Ser mujer en Latinoamérica es entender la triada. Separar y comprender lo que significa cada una de esas tres palabras: Ser – mujer – Latinoamérica.

  • Latinoamérica nos pesa, nos hiere, nos afecta porque vemos un continente opresor.
  • Mujer nos pesa porque nos han inculcado desde nuestra infancia patrones de sumisión e inferioridad, porque nuestros cuerpos son políticos y están a merced de las instituciones, los hombres, la niñez, el qué dirán, etc.
  • Y el ser… esa para mí es y sigue siendo la más importante pregunta. ¿Cuándo simplemente somos? Cuando nos despojamos de las etiquetas de género, contextos sociales, percepciones de lo femenina o masculina que debe ser una mujer, ¿nos podemos encontrar frente al espejo? ¿Podemos sonreír a nuestro reflejo? ¿Podemos hacer paz con nuestro pasado, con lo que nos hicieron? ¿Podemos dejar la victimización de nosotras mismas y evitar esperar que venga de otros el amor, el reconocimiento, el empoderamiento que nunca nos enseñaron a sentir para nosotras mismas?

Siglo tras siglo, guerra tras guerra, injusticia tras injusticia, ejemplos sobran que violencia con más violencia no lleva al alivio. No genera paz interior. Como dice la famosa frase “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”…

Si fuimos violentadas, sanemos. Reconozcamos por qué y cómo pasó. Visibilicemos la injusticia pero no nos revolquemos en el dolor de la llaga. Sí, fuimos víctimas y sí, puede que más sucesos violentos y de discriminación continúen según los contextos donde nos encontremos, pero veamos qué está en nuestras manos.

Los hombres no nacieron violentos. Las mujeres no nacieron sumisas. Si fuimos enseñados roles de género, podemos desaprenderlos. Podemos reeducarnos y enseñar a los demás a nuestro alrededor.

  • Está comprobado que el machismo es inculcado más por las madres que por los padres. Cambiemos eso.
  • Está comprobado que los Estados son masculinos en esencia, busquemos nuevas formas de construcción de Estado.
  • Eduquémonos en paz social a la misma vez que aprendemos a sentirla en nuestro interior.
  • Somos capaces de hablar por la paz, somos capaces de sentirla adentro y transmitirla hacia afuera.

Que el miedo no nos detenga. Que las maneras de lucha que la historia y los expertos dicen que funciona no nos prive de buscar nuevas formas de solucionar.

Que la morbosidad de la prensa no nos quiten las ganas de reformarla. Que un país podrá vivir la paz de género cuando se viva primero en cada casa y en cada cuerpo.

Esta es mi invitación: Hablemos de paz.

2 Comments

  1. Muy buena reflexión. Lástima que no pudo asistir mas gente a tu plática.
    Respecto a lo que mencionas, se dice que la principal, y quizás única función del estado es el brindar seguridad. El dar un piso parejo para que los miembros de la sociedad se desarrollen en igualdad. Proteger a sus ciudadanos de “la ley del mas fuerte” o “la ley de las masas”.
    En corto, defender al débil, al pobre, al diferente. Como se decía antes: Niños y mujeres primero.
    ¿Suena extraño, verdad? Los estados modernos son muy distintos a esa idea.
    Por eso son anarquista. Las libertades no se dan, se toman. Las únicas que van a poder empoderar a las mujeres son ellas mismas. Como dices.

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