Análisis
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Historia de un curso de paz


Hace dos años para estas fechas ya me dirigía a Barcelona a cumplir una gran meta: especializarme en periodismo de conflicto y paz. Iba a una gran universidad, en inmejorables circunstancias y a una ciudad que todos los que conocía y habían ido me decían era “cosmopolita”.

Pasó que la ciudad no la pude disfrutar hasta el final de mi visado en parte porque jamás imaginé el caos y la desorganización de un curso que era impartido con narrativas de guerra y con poco énfasis en la paz.

Fueron muchos los periodistas y profesores ilustres que pasaron por el aula para dictarnos lo que ellos consideraban era periodismo de conflicto. Decir que un 10 % habló de periodismo de paz es quizás exagerar.

Resulta que estas clases intensivas (y algunas insensibles en su forma de presentar el contenido) eran parte de una estrategia indirecta para decirnos a todos los comunicadores que el mundo era una mierda, que las relaciones humanas tenían poca esperanza de convivir en armonía y que si queríamos dedicarnos a esto que diéramos por sentado que la muerte, la violencia y la destrucción era lo que teníamos que cubrir. Era el fantasma que nos iba a seguir por el resto de nuestras vidas si es que no buscábamos ayuda psicológica profesional.

Estoy hablando de que en una semana podíamos dedicar cuatro horas a las gráficas imágenes y testimonios del genocidio en Ruanda, al día siguiente, las violaciones sexuales en la República Democrática del Congo y al día siguiente el genocidio en Cambodia.

No hubo un filtro para procesar esa información (y el trauma que dejó) en ningún momento. La violencia en los estudiantes se veía en los comentarios, en el desdén por ayudar al mundo porque estaba muy jodido, en la discriminación ante todos los que no éramos de Cataluña o… mejor dicho, de España.

Vivimos en las clases un escenario tenso donde cada pregunta era contestada por los profesores con desdén porque debíamos entender que nada tenía remedio. Que contaramos el llanto, el sufrimiento, que entrevistáramos a las pobres víctimas para humanizar las historias y que no fueran sólo números y citas sin prever que esta fórmula sólo lleva a la revictimización y al paternalismo.

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Por casi tres meses no tuve ganas de salir a explorar la ciudad porque el desgaste mental y emocional era tan grande que en los fines de semana sólo quería descansar y “refugiarme” del feo y horrible mundo.

Muchas veces me cuestioné si los periodistas realmente ayudábamos en algo. Muchas veces me cuestioné si nuestra profesión era vocación o nos utilizaban de peones para un sistema de reproducción de miseria.

Al cabo de tres meses y con el desarrollo de pocas pero muy lindas amistades (del curso y hospedaje) pude conocer la ciudad sin remordimiento de que “yo aquí disfrutando y los sirios muriendo”. Me costó comprender que el curso estaba muy mal diseñado y que no daba espacios a los estudiantes para procesar la información, compartir impresiones sin juicios y definir rutas de acción para trabajar el periodismo de paz.

Porque de eso también trataba el currículum: aprender a hacer periodismo de paz.

Nos dejaron a nuestra suerte al final con unas instrucciones muy laxas sobre la cobertura que debíamos hacer en un país en conflicto y con una despreocupación total de los profesores por tu bienestar. “Son adultos, arréglenselas como puedan”.

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Entendí que no todos los que enseñan en las universidades son maestros y que en el periodismo se busca reforzar que el periodista deje de ser “persona”. Que se convierta en un ser sobrenatural que no siente y padece mientras cubre tragedias. Que son pocos, si alguno, los medios de comunicación que velan por el bienestar de sus empleados y que casi todos los editores te rechazan historias de periodismo de paz porque “eso no es noticia”, “¿dónde está el escándalo?”.

Hoy me lancé a escribir esto porque reconozco las secuelas que dejó en mí este estudio ahora. Por mucho tiempo tras el curso estuve peleada con el periodismo. Ya no me nacía escribir, lo hacía por obligación o por costumbre -porque pensaba erróneamente que era lo que único que “podía” hacer-. Me había desencantado totalmente de mi profesión. Aún puede que este día la siga sopesando aunque ya la miro con otros ojos. Y está bien replantearse eso. Está bien considerar qué tipo de periodismo quieres hacer aunque las oportunidades laborales sean escasas y aunque se te eche media industria en contra. Está bien querer hacer periodismo de paz y aprender en la marcha fuera de la universidad, entrevistando a la gente y eligiendo nuevas narrativas para contar historias. Historias de paz con periodismo de paz. Me concilié con el hecho de que está bien quitarte el peso de encima de que con tus reportajes cambiarás el mundo. Está bien descansar de esa responsabilidad.

Supe que es más fácil para el ser humano temerle a la oscuridad que atreverse a buscar la luz. El mal o el temor a él paraliza y por más que queramos la ayuda para salir del “mierdero” como una amiga muy bien me señaló, el amarre al sufrimiento es más fuerte. ¿Por qué? Porque nos inculcaron eso, que la vida es sufrimiento, que si no sufres… no sientes, no estás viviendo. Al sistema no le conviene que conozcamos la otra moneda, la luz, la paz, la vida en abundancia y plenitud. Conocer que somos capaces de vivir nuestra dualidad nos hace libres e independientes, algo que no conviene para los grupos en poder.

De Barcelona me llevo el olor a playa, los domingos con todo cerrado, los colores vibrantes, los paseos por los jardines, una profunda apreciación por el arte y la arquitectura, la belleza de las estatuas, las noches de tapas con Favel, los pocos pero muy sustanciosos cafés con Natalia, Marta y Aitana y… particularmente, la sensación de que el mundo en ese momento y espacio para ti puede estar bien y que sientas eso, está bien.

Vivir y ser feliz, entre tantas desgracias que nos rodean (o pretenden inculcarnos que existen), no te hace menos persona.

Gracias Barcelona, “cosmopolitamente” imperfecta.

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