Apuntes de viajes, Latinoamérica
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El estigma de la diáspora puertorriqueña


Aún recuerdo la primera vez que me llamaron “traidora a la patria” por expresar mi interés en vivir fuera de la isla. Fue cortante y sin asteriscos, un puñal directo al corazón. Su impacto sirvió para dejar algunos sueños para después. Con el pasar del tiempo y la educación, comprendí cuán maleable es el concepto de la nacionalidad, cómo la política se nutre del nacionalismo. También entendí cómo las presiones sociales y el origen de la psiquis llevan a abogar por pertenecer a un colectivo, representarlo y vivirlo. Porque es muy grande el afán de otro/as por calificarte, incluirte en una casilla para poder entenderte.

Aún recuerdo la primera vez que me hablaron del balde de cangrejos para hacer la analogía entre cómo las sociedades de Cuba y Puerto Rico trataban a sus emigrantes. Fue en el extranjero, que un boricua me hizo ver cuán ciegos nos hacen los nacionalismos, cuánto influye el tamaño de los territorios en la “cerraera” de mente. Cuánto cambiaban los discursos entre estadistas e independentistas, si emigrabas a EE.UU. los estadistas te entendían. Si emigrabas a España, también. “¡Te fuiste a la Madre Patria!”, gritaban con regocijo (hoy digo… ¡¿qué?!)

Eso sí, si emigrabas a cualquier otro país del mundo, los estadistas e independentistas se escandalizaban, traicionabas a la patria en aras de buscar “no sé qué”. “No sé para qué vas a México”, “no sé por qué viajas tanto”, “No sé qué tienes que buscar en X lugar”… y la lista sigue (tanto por ser isleña como mujer). Con el tiempo y las experiencias de trabajo y mochilera, comprendí la crueldad de nuestras jergas para todos aquellos que se salían de la norma. Porque era mucho más fácil repetir las frases de “el que no quiere a su patria, no quiere a su madre”, “nadie ama a su patria porque es grande sino porque es suya” o citar a Martí o De Hostos para recordarte lo/a malo/a que fuiste en “dejar tu patria atrás”.

Se nos juzgó por irnos, muchas veces sin querer escuchar nuestras razones y otras tantas invalidando nuestros sueños. Se nos juzgó creyendo erróneamente que al salir, dejaríamos de ser puertorriqueños. Como si emigrar te despojara de todo sentido de identidad, cuando ocurre lo contrario. Siempre se refuerza quién uno es cuando se viaja, cuando se sale de su comfort zone. Fueron más que los menos, los que dieron por hecho que vivir en EE.UU. u otro país nos hacía sentir más importantes, que la vida era fácil y mejor. Cada cual tendrá su historia pero la mía y par de amigos nos lleva a concluir que afuera de la isla es que se prueba “a ver si el gas pela” y que la nostalgia y la discriminación diaria son males a los que hay que enfrentarse a consecuencia de luchar por crecer, por nuevas vidas y comienzos.

Aún recuerdo cuán fuerte fue el dolor de ver a Puerto Rico devastado por el huracán María, los días interminables sin saber nada de nuestros seres queridos, sólo viendo imágenes y vídeos de la tierra. Por horas, Puerto Rico fue tierra, nada más. Por horas, no hubo comunicación y eso sirvió para reflexionar sobre quién éramos. ¿Puerto Rico es una isla o un pueblo? ¿Por qué nos aferramos a una tierra como si fuera posesión cuando lo que más nos preocupa es la existencia en sí misma? En la diáspora nos organizamos para ayudar sin pensarlo dos veces porque nunca dejamos de ser puertorriqueños. Porque al irnos, no nos despojamos de la “marca de plátano”, sólo elegimos reinvindicar nuestra naturaleza humana de supervivencia o superación como individuos primero (y otros, nómadas después).

Que esta columna sobre la ayuda desde el extranjero sirva para pensar en la diáspora, no como enemiga ni traidora sino como una extensión del pueblo. Porque créanme que lo que ustedes celebran y sufren, nosotros también celebramos y sufrimos.

Es tiempo de dejar los rencores que acompañan los estereotipos y los nacionalismos con los vientos de María, en el pasado, por siempre atrás.

Aquí más información sobre cómo ayudar a los damnificados del huracán María

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